lunes, octubre 03, 2011

El hombre que tenía cabeza de pingüino

 
El párrafo anterior lo encontré atado al ala de un pingüino. Al pingüino lo conocí en una ciudad fantasma, al sur de un país sin nombre. Lo conocí de pie en la franja húmeda de la orilla, justo donde las olas dejan su espuma. Lo conocí mientras se sacudía la arena de su pico. 

No es que haya conocido al pingüino en la playa. Más bien ya lo había encontrado entre sueños. Él me dijo que te buscara. Que siempre es bueno conocer de donde venimos. Y no es que los pingüinos hablen, sino que me lo dijo cuando estaba dormido. 


 
El párrafo anterior lo encontré atado al ala de un pingüino. En el pecho tenía una mancha blanca, como todos los pingüinos. También tenía unas alas con las que se despidió de su familia una medianoche entre rejas de aire. Una vez mar adentro tuvo miedo de ser una rueda, un pez gato, una anguila eléctrica; pensó en ser un pez usb para guardar sus pensamientos.

No es que todos los pingüinos tengan una mancha en el pecho, como todos los pingüinos. Más bien le preocupaba que los peces entre los que nadaba no tuvieran alma. Porque los peces no tienen alma. 
 
 
El párrafo anterior lo encontré atado al ala de un pingüino. Nadaba con una elegancia extrema, como todos los pingüinos. Siempre se daba de bruces con los espejos de hielo, que él comparaba con los espejos de la vida. Siempre se enredaba con las mallas de plástico que algún borracho había abandonado. Siempre esquivaba los icebergs adelgazados por las tormentas. Siempre rozaba los barcos que se cruzan en la noche.

No es que todos los pingüinos naden con una elegancia extrema. Es que el agua es un botón, una camisa de fuerza. Es que el agua sirve para mendigar recuerdos. Es que las nubes son el escape de gas de barcos descompuestos. Es que las medusas babean la piel de los buzos. 


 
El párrafo anterior lo encontré atado al ala de un pingüino. Era siempre el mismo, con la mancha atada en el pecho. En una de sus alas tenía un contador rojo, como un despertador. El año 2050. Una pastilla de mar. Para no olvidar la marea, el agua salada.

—Para ti, tengo impresa una sonrisa en papel de algodón—me dijo en el sueño mientras retrocedía hacia el mar con pasos torpes. —La vida es como un rollo de papel higiénico más largo que los trasatlánticos que nadan en el Mediterráneo. El océano es un rollo de fotografía, las algas guardan moho y están descoloridas y huelen a naftalina.

Ya mar adentro el cuerpo se le fue desvaneciendo. En el sueño pastan elefantes con ojos de flor (como las de tus uñas). El pico del pingüino es un íntimo aparato para medir el tiempo. 



Algunas letras eran borrosas y había frases que no se podían entender. Supe que el pingüino no regresaría. Me llamo A., nunca te conocí y esta carta la encontré atada al ala de un pingüino. 

Alejandro Saldívar
Otoño 2011

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me sacaste las lágrimas...

Anónimo dijo...

Qué bonito :)